Átomo es el acrónimo de Adolfo Torres Moreno, creador del Átomo Desinflamante y la Crema de Ordeñe. La historia de un profesional y empresario que combinó la ciencia con su espíritu emprendedor y logró dos productos que nacieron para los animales y debieron reconvertirse, por la gran demanda, para el uso humano. Instalado en el Parque Industrial de Gualeguaychú, hoy posee un laboratorio que produce cerca de dos millones de unidades por año y que se exporta a varios países.

El 10 de octubre cumplirá apenas 80 años. Y quien lo tenga frente a sí cinco minutos comprenderá que este apenas no es sólo una complacencia literaria. A poco de escucharlo se advierte que ha mantenido los valores que arrastra de su más tierna juventud, en la selva colombiana, donde acompañó a un par de padres ganaderos y 12 hermanos mayores.
Duro como un burro, metódico como un caballo, tozudo como un toro y lúcido como un zorro, este hombre que nació en un poblado enlazado por chacras desvalidas a un puñado de kilómetros de Bogotá atravesó los hitos de su vida con el norte bien definido. Describe cada hecho de su vida con una precisión euclidiana, lo que convierte a esta en la entrevista –sin dudas- más larga del mundo.
Se puede inferir, pues, que muchos avatares se eslabonan en la vida del Dr. Adolfo Torres Moreno. Tiene tanto ímpetu que casi sigue siendo el mismo muchacho que se recibió de médico siguiendo el mandato familiar y viró al darse cuenta que lo suyo eran los animales, y se graduó también en ciencias veterinarias. Su nombre se reduce a una expresión de doble anclaje: Átomo.
Por aquellos días obtuvo una beca y ya como veterinario, siendo muy joven, descolló en Colombia por la aplicación práctica y la resolución de problemas del ganado que vivía casi silvestre y en chacras perdidas. “Me cambié a veterinaria porque los médicos ganaban poco, y yo sólo quería vivir bien y mantener a mi familia”, dice hoy, cuando ha logrado resolver este nimio problema y perfecciona un respeto franciscano hacia quien se le acerque a conversar.
Con muy pocos años logró que la OEA lo contratara para ir abordando distintos problemas en grandes animales en todo el continente. Un par de años en las estaciones experimentales de Caldas, Antioquia y otras menos reconocibles le fueron dando una experiencia, a lomo de burra, para resolver la falta de leche en las vacas, y así logró una raza lechera única para el trópico; o buscar una solución para el daño que le hacían los pastos a las ubres de las vacas, que quitaba rentabilidad a los pequeños productores. Por algunos de aquellos lugares tan cerca del sol y tan lejos de Dios también fue secretario de Salud Animal, pero su frontalidad y convicciones le depararon más sinsabores que regocijos. Allí descubrió que la función pública no era para él. Sin saberlo, empezaba a construir los cimientos de su futuro.

CURRICULUM. Se lo conoció como “el veterinario que logró vencer al Mal de las Secaderas”, un virus que afectaba el peso de los animales, y para los ganaderos concentrados se convirtió en un gurú veterinario.
Así anduvo –en el literal sentido del verbo andar- por muchos países en la primera mitad del siglo XX. La Organización de Estados Americanos le encomendaba mejorar la genética vacuna en Guatemala, o resolver el problema de un virus equino en la precordillera peruana, una dificultad zootécnica chilena hasta que llegó a la pujante Buenos Aires del primer Peronismo y azarosamente –él no dirá lo contrario y nunca mejor aplicada la metáfora- pisó el palito.
Y si bien la OEA no lo sabía, la universidad pública argentina le abrió una ventana por la que entraba y salía todo el tiempo, y que avivaba su pasión por la investigación científica.
Un día la OEA se enteró y lo castigó no renovándole el contrato, y fue entonces cuando la Universidad de la Plata le abrió ahora la puerta principal, y le asignó la titánica tarea académica de rediseñar los planes curriculares de Ciencias Veterinarias, plantando el primer hito de una carrera descollante que aún suma lauros, y que nació lejos y hace tiempo cuando de niño se levantaba a las cinco de la mañana para ordeñar las vacas y darle de comer a los chanchos antes de salir para la escuela en una vieja y desvencijada bicicleta americana
En la universidad abordó problemáticas difíciles, salió al campo y se involucró con enfermedades de difícil resolución, ideó técnicas para mejorar la productividad de los toros, desarrolló vacunas y generó programas sanitarios para animales. Decenas y decenas de horas de análisis, trabajo de campo, y observación y diagnósticos le permitieron a mediados de siglo dar con dos fórmulas que se convirtieron en insignia y que el mercado reconoció como propias y que le dio un prestigio que trasciende los años: Átomo Desinflamante y Crema de Ordeñe.

UTILIDAD. Había creado en su época un servicio de laboratorio a campo en la Facultad, formó profesionales y formuló medicamentos que el mercado no tenía. Este servicio se prestigió junto a su director, que le regalaba unas 15 horas diarias. La vacuna Sin Pest Porcina, la Neomicina, la Mastilina, son hijos suyos de este período.
Pero un día se fue de la universidad en un trámite que prefiere no recordar mucho y descubrió también que había un intrépido emprendedor adentro. Tras un breve paso de cuatro años por laboratorios Pfizer, un grupo de 24 ex alumnos le ofreció constituir un laboratorio propio en sociedad, dirigidos por él, para producir en volumen las dos cremas mágicas que había inventado ya que estos veterinarios desperdigados por la gran Pampa Húmeda veían una oportunidad para la comercialización de un rodeo creciente y pujante. El 17 de diciembre de 1973 nació laboratorios IMVI, y 225 veterinarios del país se sumaron como parte de una gran red nacional.
Ese fue el origen del Instituto Médico Veterinario Integral, que vendía genéricos contra la conjuntivitis y para la mineralización, entre otros, y hoy es la nave nodriza radicada en Gualeguay-chú del Átomo Desinflamante y Crema de Ordeñe. En 1982 nació el slogan que lo definiría: “Átomo Desinflamante, la pomada casi mágica contra todo dolor muscular, artrósico, artrítico y reumático”. Adolfo Torres Moreno, Átomo, como le decían sus amigos en la facultad, acompañó con su personalidad el prestigio de sus criaturas que sin duda lo trascenderán. Pero para eso todavía falta mucho tiempo, apenas cumple 80 años dentro de dos meses.

Para destacar

La formulación de la crema de ordeñe contiene gauyacol, alcanfor, mentol, eucaliptol, salcilato de amilo, y se le cambió hace 15 años el salcilato de metilo, ya que era muy oloroso y feo. El procesamiento es el secreto de la empresa, ya “que permite convertir en hidrosolubles las grasas, y donde el producto se puede mezclar con agua como si fuera una harina”.

Ensayo y error

La Crema de Ordeñe y Átomo Desinflamante nacieron para ser aplicados en las ubres de las vacas. Pero sucedía que las personas que ordeñaban los animales y aplicaban el producto mejoraban de sus dolencias artríticas y artrósicas que les producía el frío y se lo colocaban donde se experimentaban dolores óseos o musculares. “Si le hizo bien al caballo, lo hará conmigo también”, decían, dando paso a un fenómeno de mercado de difícil simetría. La comunicación boca a boca fue clave en el crecimiento de un producto que hoy vende 1.800.000 unidades por año.
En Gualeguaychú produce los humanos, que se utilizan hoy en el deporte y el cuidado de la piel, y compite directamente con Ratisalil y el reconocido Aceite Verde, y se llegó al momento en que aquel producto nacido para animales se vende hoy en un 80 % para humanos.
“Yo venía trabajando desde hace años la fórmula. Empecé a fabricar el Átomo 68 y así nació la empresa y en el año 1978 consolidó la presentación del expediente del Átomo Desinflamante y la Crema de Ordeñe, que logré simultáneamente porque estudiaba esos problemas al mismo tiempo porque no había nada para secar las heridas de los pezones de las vacas que escondían la leche para no sufrir en el ordeñe. Es decir que la crema era para las heridas de las ubres y el Átomo para las inflamaciones y los dolores. Para llegar a eso tuve que experimentar en 50 mil casos durante 18 años, y descarté 10 fórmulas que no me satisfacían”, describe a EL DIARIO Torres Moreno. Cuando presentó al Senasa en el ’78 lo hizo con el nombre Átomo, sobrenombre que el habían puesto algunos compañeros de la facultad, más que por tratarse de fórmulas atómicas.
Desde allí el producto creció en forma sostenida, y cuando fue necesaria la división, decidió crear una planta nueva. Así llega al Parque Industrial de la ciudad del sur entrerriano en 1997 por las facilidades para comprar el terreno y con ventajas impositivas. Allí, recientemente realizó una inversión y el laboratorio hace 10 años que crece 10 % anual en producción y facturación, diversificando productos. Hoy, con 56 empleados, elabora 30 productos y no sólo lidera el mercado argentino sino que también exporta en humanos y laboratorios a Uruguay, Perú, Ecuador, Chile y Bolivia, siendo Átomo el 20% del total de producción de IMVI, y el 36% del mercado. Que no parezca poco para quien sólo quería ser veterinario para poder sostener a su familia. Hoy tres de sus cuatro hijos lo acompañan en el laboratorio.

fuente: Gustavo Sánchez Romero (El Diario de Paraná)