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Lunes 04 de febrero de 2008
El Chino Sureda
Nuevo cuento enviado por el lector Jorge Bertezzolo en el que narra con mucho humor la terrible historia de amor de su hija Giulietta con un enigmático y curioso personaje.


Fotos


Cuando mi hija Giulietta (somos de familia italiana y parientes no tan lejanos de los Corleone) me presentó a su novio no me dijo el nombre.  Relató –nerviosa por la ocasión, ya que sabe perfectamente que es la luz de mis ojos y que soy extremadamente celoso- que el sujeto se apellidaba Sureda y se lo conocía como El Chino.  O sea, El Chino Sureda.  Ahí mismo tendría que haberme dado cuenta…

Quiero contarles que Giulietta se llama así por la inolvidable Giulietta Massina, aquella a quien Anthony Quinn le espetaba: “e arrivato Zampanó…”  en la inolvidable “La Strada”.  Me veo en la obligación de aclarar que Anthony Quinn también me resulta inolvidable, pero haberla llamado Giulietta Anthony Bertezzolo Bottazzini era como deschavar demasiado los oscuros orígenes mafiosos las dos familias que le dieron vida.

El Chino parecía un tipo impecable, aun para un padre exigente como yo.  De poco hablar, pero tirando siempre la frase justa cuando lo hacía.  No como Riquelme, que habla al pedo todo el santo día.  Lamentablemente Sureda es bostero, pero bueno, nadie es perfecto. Peor hubiera sido que Giulietta me presentara como novio a un gallina o a un hincha de Defensa y Justicia.

Tampoco tengo muchas posibilidades de encontrarle a la nena un novio que sea de Vélez, porque los poquísimos en edad de merecer que existen viven en Liniers, Versailles o Villa Luro, y nosotros estamos a muchos kilómetros del Fortín.  El Chino era bostero, callado y preciso – como que donde ponía el ojo ponía la bala- y yo, debo insistir, tendría que haberme dado cuenta…

La relación ya lleva casi tres años, y resulta que el bostero no sabe manejar ni tiene el menor interés en aprender a hacerlo.  Cuando se cansa de viajar en tren entre La Lucila y Acassuso le pega un par de gritos a mi hija para que lo lleve y lo traiga en mi propio auto.  Ella, como corresponde en toda relación de pareja que se precie de tal, le obedece sin chistar.  Y yo me veo obligado a prestarle el auto por temor a las represalias. En otras ocasiones le pega otro par de gritos a algún miembro de su familia, y se hace traer y llevar hasta mi casa en un flamante Peugeot 407.   A esa altura yo ya tendría que haberme dado cuenta…

Fanático del fútbol, colecciona camisetas de distintos equipos del mundo (incluyendo los principales teams de la Liga del Kurdistán) y es un profundo conocedor de ese deporte.  Yo también creía serlo hasta que –medio en joda y para hacerle pisar el palito- le pregunté si sabía quien era el wing derecho del Ponte Preta, equipo de la tercera división de de Brasilia, y sin hesitar me dijo que era Pernambuquiño, quien antes jugaba de segundo marcador central en Ouro & Birra de Manaos.  Me lo dijo con cierto aire de superioridad, que en ese momento me pasó desapercibido pero que hoy me revuelve las entrañas.  Porque en ese mismo momento tendría que haberme dado cuenta…

Para terminar éste casi prólogo, El Chino me cae bien.  Tranquilo, callado, siempre de buen humor (aunque no es de exteriorizar mucho sus sentimientos) y siempre atento a mostrar sus profundos conocimientos del balompié mundial.  Demasiadas virtudes juntas como para que sean ciertas, claramente es una trampa que me está tendiendo el malvado en complicidad con mi propia y única hija, carne de mi carne.  No hay excusas ni justificaciones, yo tendría que haberme dado cuenta…

Un día empecé a desconfiar de tanta placidez y de tanta calma chicha y decidí seguirlo hasta su casa.  Porque la felicidad de Giulietta bien vale que su padre trabaje de detective privado.  Caminamos separados por unos 50 metros hasta la estación Acassuso, y lo primero que me llamó la atención es que El Chino no sacó boleto, simplemente le hizo un gesto imperceptible con la mano al boletero, quien le entregó un abono trimestral sin cargo y se quedó secándose el sudor que súbitamente le brotaba de su frente.

Lo segundo que motivó mi curiosidad fue que el tren estaba lleno, sin embargo una viejita de más de 95 años de edad (calculo 97 ó 98) le cedió el asiento de inmediato.  Sureda, como buen caballero, le agradeció el gesto y le pidió que volviera a sentarse.  Pero miró fijamente a cinco hombres que estaban sentados alrededor, quienes inmediatamente se levantaron de sus asientos y se tiraron por la ventanilla.  Cómo pude no darme cuenta…

Ya llegados a La Lucila, tuvimos que caminar unas 7 cuadras hasta su casa, siempre separados por los 50 metros de reglamento.  De cualquier forma, y para evitar que me reconociera, yo portaba un disfraz del Pato Donald que virtualmente me mimetizaba con el paisaje.  Me llamó mucho la atención que no caminara por la vereda, entre los frondosos árboles plantados por la administración del Coreano Buendía (que a su vez era pariente lejano del Chino) sino por el medio de la calle.  Parecía muy preocupado y hasta por algún momento me entró cuiqui de que mi Giulietta enviudara antes de formalizar su relación.  Que se yo, esas premoniciones que uno tiene y que nunca podemos explicar demasiado bien porque aparecen.

Su mano iba cerca de la cintura, como quien se dispone a sacar un arma.  Caminaba rápido, con paso firme y decidido, mientras el maldito disfraz me impedía seguirlo a la misma velocidad.  Miraba constantemente hacia los costados y hacia atrás, hasta que llegó a su casa y se introdujo en ella en un santiamén.  En ese mismo momento tuve que haberme dado cuenta…

Lo seguí al día siguiente, ésta vez disfrazado de Goofy.  El Chino recorrió todo su barrio y noté que lo trataban con mucho respeto.  Hasta creí escuchar un “Don Chino” de los labios de la propietaria del lavadero de ropa.  Lo que era evidente es que se trataba de una suerte de paseo recaudatorio, porque cada vez que salía de un comercio de La Lucila embolsaba un fajo de billetes.  Saludaba a diestra y siniestra, con ese gesto como al pasar o como al descuido que hemos visto en tantas películas sobre los italoamericanos y sus actividades comerciales.  Tampoco me di cuenta, que salame que soy.


Es que uno es un verdadero estúpido.  Vive metido en sus problemas y se le pasa desapercibido un elefante en un bazar.  Tiene la realidad al alcance de la mano y no puede verla, no se si me explico, no-puede-verla.  Quiere tanto a su hija y ha invertido tanto dinero en ella (colegio privado, ropa, maquillaje, cirugías estéticas, corrección de la nariz ganchuda, implantes de pelo, etc.) que no advierte los riesgos que la vida pone frente a la pobre criatura.  Porque Giulietta va a seguir siendo para mi una criatura aunque tenga 62 años. No pude darme cuenta, les juro que no pude…

Y hace una semana, justamente una semana, me dijeron y me confirmaron con pruebas indiscutibles que el Chino Sureda es un cuchillero.  No repostero, artesano, vendedor de autos o chef, no, el tipo es cuchillero.  Y es cuchillero en el siglo XXI, cuando uno creía que la de guapo o cuchillero era una especie en extinción más propia de los Cuentos de Borges que de la vorágine actual.

Fijense lo tonto que soy, si hasta el oficio de cuchillero salía cantado del apodo y del apellido.  Que hacía falta, que me diera una tarjeta personal que dijera “Chino Sureda – Cuchillero de La Lucila”?  Un Chino Sureda, por definición, es tanto o más cuchillero que el Malevo Pardales de Avellaneda, que el Cacho Balvanera de Villa Insuperable, que el Taita Brodowsky (cuchillero de Once) o que el Flaco Alsina, cuchillero de Alsina y Pasco (justo en la esquina, al lado del bar).  Tenía que ser cuchillero, era cuchillero, es cuchillero, será cuchillero hasta el último de sus días y yo no pude darme cuenta…

Hay un estupendo cuento de Fontanarrosa (como todo lo que escribió el querido Negro) donde nos relata que cada barrio tenía que tener un cuchillero.  Uno sólo, pero el cuchillero no puede faltar porque sino el barrio es prepoteado por los cuchilleros de las otras parroquias.  No se si se acuerdan pero lo pasaron hace poco en la Televisión Pública (antes Canal 7, antes ATC).

Cuando anoche supe que el Chino Sureda era cuchillero, y además el cuchillero oficial de La Lucila, no pude dormir en toda la noche.  Primero porque es el novio de mi adorada Giulietta, carne de mi carne y corazón de mi corazón, y segundo porque yo odio toda forma de violencia, salvo cuando me siento al volante del auto.  Tercero, y esto es más importante todavía, pude averiguar rápidamente que en Acassuso no tenemos cuchillero.  Ni oficial ni extraoficial ni aficionado, sencillamente no tenemos un maldito cuchillero.

Consciente de que entre La Lucila y Acassuso hay solamente dos estaciones de tren, tiemblo de solo pensar que el tipo venga a copar la parada en mi bonito barrio, aprovechando la futura oscuridad del túnel que el malvado Intendente de San Isidoro, el Doctor Pote (otrora cuchillero de Martínez, hasta que su padre le legó el puesto de Jefe Comunal) está construyendo en mi propia calle y a pocos metros de mi mismísima casa.  Y todos sabemos muy bien que los cuchilleros se mueven como peces en el agua en dos lugares específicos: cerca de los buzones rojos –con la intención de vendérselos a algún mentecato- y en el interior de los túneles ferroviarios, que, como sabemos, siempre tienen manchas de sangre.

Decidí que hoy mismo voy averiguar sobre los cuchilleros de los distintos barrios de Vicente Pelópez y San Isidoro, para tratar de establecer algún tipo de alianza estratégica que nos proteja del Chino Sureda y, sobre todo, del Doctor Pote.  Por lo menos hasta que consigamos un tipo realmente feo, lleno de cicatrices, con grueso historial delictivo, y lo capacitemos para cuchillero en la Escuela de Cuchilleros Telaclavé-Porá-Ca de Goya, Corrientes.

Hasta ahora tengo identificado al Chino Pamplona, cuchillero de Beccar, pero temo que se trate de otro pariente lejano del Chino Sureda y del Coreano Buendía.  El Coreano llegó a la Intendencia hace más de 40 años, pero sigue y seguirá siendo el cuchillero mayor de Vicente López.  Maestro y referente de esa profesión tan noble y tradicional.

También supe de las mentas del Pardo Lacava, cuchillero de Boulogne, del Moncho Arizmendi Depardieux, cuchillero de Las Lomas y La Horqueta, y del Negro “Segunda Mano” Mitre, cuchillero de Munro.  Ahora estoy sintiendo cierta envidia porque también hay cuchilleros en Florida, Carapachay, Villa Adelina, Punta Chica y San Fernando. 

Y nosotros, con nuestro bonito barrio, estamos absolutamente desprotegidos.  Ni siquiera se de donde corno voy a sacar un aspirante a cuchillero en éste barrio de cajetillas, mentecatos y timoratos.  Si lo único que les importa son los nenes rubios, el escabio, el laburo, el auto alemán de tres letras, las minitas y la 4x4 para la mujer. 

Entre paréntesis, y disculpen que vuelva a tomar por un desvío no planificado, pero alguien conoce algo más peligroso que las minas que manejan 4x4 por zona norte, con los vidrios fuertemente polarizados, hablando por celular absolutamente todo el tiempo y mirando fijamente hacia adelante ?  Con menos visión periférica que un caballo de carro y con menos inteligencia que esos pobres animales.  Yo no, y disculpen las damas si esto les parece un ataque de machismo.,

Qué hago, por Dios, qué hago ?  Anoche hablé con los rudos muchachos de CLIBA pero ninguno se prendió, porque lo consideran un oficio de muy alto riesgo y prefieren seguir corriendo detrás del camión bajo el paraguas protector del omnipresente y omnipotente Hugo Moyano.  Aprovecharon, eso si, para sacarme guita con una de las clásicas tarjetitas de fin de año que rezaba: 

“Los muchacho del camión
le desean felicidades y le tiran muchos besos,
siga colaborando con nosotro
o le rompemo todos los huesos”

También consideré como posibles candidatos a un grupo de guardias de tránsito de la Municipalidad de San Isidoro, de aspecto intimidante por lo menos para los automovilistas.  Los deben haber visto porque junto a “las” guardias de tránsito del mismo Partido se pasan el día boludeando y hablando pavadas en lugar de hacer su trabajo específico.  Se los suele ver en Alvear, Belgrano, 9 de Julio y en las inmediaciones del Shopping Unicentro.

Me acerqué decidido a ofrecerles un trabajo mejor renumerado que el actual y, ya desde lejos, percibí ciertos movimientos de sus muñecas que me indicaban que las mismas estaban partidas.  Yo no discrimino a nadie por raza, color de piel o preferencias sexuales, pero está claro que el laburo de cuchillero no es para gente que ha decidido tomar libremente la tercera opción.  Acercándome un poco más pude escuchar que las conversaciones entre “ellos” y “ellas” tenían que ver con el bronceado para el próximo verano, con los colores de ropa que iban a ser top en Punta, y con la posibilidad de que los guardias pelados se colocaran implantes para lucir cual efebos jóvenes y frescos.   La verdad, un verdadero asco.

Bueno, como verán la mano viene dura para buscar un cuchillero, la gente joven se emborracha y se droga y ya no tiene interés en trabajar ni estudiar.  Han perdido los valores más elementales del ser humano, que son la base de las más puras tradiciones nacionales. Aparece una espléndida oportunidad laboral como la de ser “el” cuchillero de Acassuso, con dedicación parcial, sábado inglés y domingo libre, y no aparecen candidatos.  Alguno que otro que aparece te pide una fortuna, más auto, chofer, viáticos y tickets alimentarios.

Pensé en el carnicero del barrio, deslumbrado por su habilidad para sacarle la grasa al vacío con un par de movimientos secos y rápidos.  Le ofrecí el laburo pero el tipo me dijo que el de la carne era un negocio espléndido, y que prefería cortar medias reses que abrir un humano a la mitad.

Un desastre vea, un desastre, empecé a perder toda esperanza de llegar a contar con un cuchillero como la gente para proteger y prestigiar el barrio.  Me imaginaba a Acassuso atacado por la Liga de Cuchilleros de Zona Norte (presidida por el Coreano Buendía) sus habitantes muertos y cuereados, el bonito barrio desvastado, convertido en un baldío inmenso y posteriormente en un basural.  Finalmente, en mi imaginación todo terminaba en un relleno sanitario manejado por la gente del CEAMSE, que contaminaría todas las napas de agua del Gran Buenos Aires y emitiría un hedor pestilente por los siguientes 143 años.

La desesperación me impedía pensar.  Que digo pensar, casi me impedía respirar, aunque creo que algo tienen que ver los puchos fumados por más de treinta años.  Sabía que el Plan A, que consistía en neutralizar el inminente ataque del Chino Sureda y el Doctor Pote no podía llevarse a cabo si no capacitábamos rápidamente un cuchillero de primera categoría, digamos un guapo cinco estrellas.  El desastre era inminente.

Y no podía encontrar el Plan B porque estaba aterrorizado y el bocho me funcionaba peor que de costumbre, aunque debo reconocer que normalmente no es gran cosa. Hacía tres semanas que no podía dormir, lo cual agrandó mis ya poderosas ojeras (es en lo único que puedo superar al Negro Fontanarrosa) hasta el punto de necesitar usar corpiño para ellas.  Estaba comprando Valium directamente de la droguería, porque el stock de las farmacias de la zona ya no era suficiente.

Le daba vueltas al asunto y nada, lo único que me carcomía el cerebro era saber que si me hubiera dado cuenta antes de la profesión del Chino podría haber operado para que Giulietta lo abandonara.  Aunque con una hija que hasta hace poco era adolescente esto tampoco era mucho consuelo, porque parecía una posibilidad realmente remota.

Bueno, ésta mañana se me encendió la lamparita y recordé que cuando uno no puede vencer a su enemigo debe aliarse con él.  Ese y no otro era mi Plan B.  Si no podía con El Chino Sureda teníamos que trabajar mancomunadamente contra el Doctor Pote, que en realidad es mi único y verdadero enemigo.  En mis pensamientos El Chino pasó a ser mi aliado, mi amigo, mi hermano, y hasta mi yerno (aunque ésta es la parte más difícil de digerir).

Le ofrecí excelentes condiciones de contratación para que fuera cuchillero part-time de Acassuso, ya que tampoco podía abandonar sus obligaciones previamente contraídas con los vecinos de La Lucila.  Mi auto y mi hija quedaron a su entera disposición para los frecuentes traslados diarios entre ambos barrios,  ya que un cuchillero de tanta importancia (dos barrios para él sólo) no podía seguir viajando con el horrible servicio de TBA. 

El tipo estaba tan contento que ya analizaba postularse en el 2010 como candidato a Presidente de la Liga de Cuchilleros para reemplazar al Coreano Buendía.  Me pareció un exceso de entusiasmo, dada esa rara habilidad que tiene dicho sujeto oriental para ganar siempre todo tipo de elecciones.

Tuvimos varias reuniones para identificar claramente el perfil, las fortalezas y las debilidades de nuestro archienemigo. Utilizando programas de simulación elaboramos distintos escenarios para el inminente combate con las fuerzas de la comuna. 

El Chino, profundo conocedor de estas lides, sugería los mejores puntos geográficos para organizar la defensa de Acassuso y –a la vez- contraatacar sobre la zona de la vieja Municipalidad de San Isidoro, tratando de causar el mayor daño posible sobre todo lo que no fueran monumentos históricos.  Contábamos con la inacción del personal municipal, acostumbrado a no trabajar, faltar constantemente y mantener largas conversaciones para que trascurriera rápidamente el horario de trabajo.  Y a enfermarse por lo menos una vez por semana.

Nuestra consigna de combate era “lo más importante no es ganar, sino hacer que el enemigo pierda”.  Primeros hacíamos reuniones conjuntas con varios vecinos, pero cuando empezaron a proponer tirar aceite hirviendo, combatir con palos y hasta organizar las carretas en un círculo, nos dimos cuenta de que estaban un poco desactualizados con las tácticas y estrategias modernas de la guerra.  Ninguno de ellos, por otra parte, había trabajado en Coca o en Pepsi, por lo cual no eran lo suficientemente combativos.

Eramos solamente dos, El Chino y yo, solos contra la poderosa maquinaria municipal de triturar vecinos.  Que se había iniciado con las altas tasas municipales, había seguido con la constante restricción en los servicios públicos y que ahora, finalmente, iba a horadar todo nuestro viejo y querido barrio con innumerables túneles bajo las vías del ferrocarril.  Convirtiendo a esas vías, otrora separación clara y tajante entre los vecinos pobres del oeste y los ricos del este, en una nueva e inservible línea Maginot.

Antes de iniciar las primeras escaramuzas hubo un par de reuniones clandestinas entre El Chino, quien suscribe, Pote y el escribano mayor de la municipalidad.  Para evitar su difusión por los medios de comunicación, que estaban pendientes de los hechos y tan fastidiosos como de costumbre, nos reunimos dentro del canal aliviador que se está construyendo entre La Lucila y Punta Chica, todos disfrazados para no ser reconocidos. Después de mucho dudar entre mis dos viejos disfraces, opté por el de Goofy, lo cual seguramente restó seriedad a todo lo que dije en esa reunión.

No hubo acuerdo.  La guerra era inminente. Pote seguía insistiendo en un túnel de doble mano similar al de la calle Panamá, cuando no podía ignorar que los vecinos de esa calle, desesperados por las molestias que les causaba el mismo, se suicidaban a razón de 3 ó 4 por día.  Nos plantamos en que no se hiciera el túnel, pero Pote adujo que ya estaba hecho y ahora no podía volver a rellenarse sin que fuera un terrible papelón para la Municipalidad.  Quedamos en una nueva reunión para dos días después, quizás la última oportunidad de evitar el tronar de los cañones.

Pote le pidió a Buendía y a los otros cuchilleros del partido que se pasearan en forma ostensible por las inmediaciones del futuro túnel. Esto aterrorizó a mis vecinos, que se encerraron en sus casas y pidieron grandes cantidades de provisiones por Internet.  En el barrio no volaba una mosca.

Tuve que contener al Chino, que indignado por la falta de respeto a sus límites territoriales como cuchillero y como guapo, quería salir a pelear con esa horda de forajidos.  En una ocasión sacó su impresionante cuchillo de acero al cromo-molibdeno y se dirigió a la puerta de casa gritando “el sargento Cruz no consiente que se mate ansi a un valiente” pero pude tacklearlo antes que saliera. 

Esa noche dormimos al sereno, tomando mate, comiendo chasqui y mascando tabaco, iluminados por el rescoldo de las brasas ya casi apagadas. Las conversaciones de esa noche que pasamos en vela tenían que ver con gauchos, chinas, pulperías, caballos, duelos criollos memorables, las nuevas máquinas desmalezadoras de origen noruego, y las patéticas telenovelas que integraban la programación de las emisiones de televisión satelital (único sistema que llega al campo ya que intentar hacerlo por cable es costosísimo).

Finalmente apareció el lucero del alba, signo inequívoco de que el gran día había comenzado.  Nos lavamos la cara en un cuenco con agua helada, nos afeitamos con navaja y sin espejo (tuve que consumir dos cajas de curitas) y El Chino se puso sus mejores galas para la ocasión, incluyendo las nazarenas de plata, la rastra con monedas de un peso ley 18.188, sus bombachas de encaje y la boina azul y oro.

Este último elemento era medio extraño para un tipo de campo –máxime considerando que tenía una estrella dorada por cada campeonato ganado por Boca- pero fue imposible conseguir que se la sacara.  En lo personal, para confundir a Pote y al escribano me puse el disfraz del Pato Donald.

La nueva y definitiva reunión se volvió a realizar en el canal aliviador, pero a todos nos pareció prudente buscar otro punto dentro del mismo, y dejamos que Pote lo eligiera.  Ya desconfiamos cuando el intendente y su adlatere (disfrazados de marinerito y de odalisca, respectivamente) llegaron con unas máscaras anti-gases-tóxicos importadas de Bosnia.
Y cuando entramos a la sala de reuniones comprobamos que era justamente el punto donde el canal aliviador se unía con la cloaca maestra del partido.  Este Pote es un verdadero turro.

Obviamente la reunión fue sumamente corta porque El Chino y yo nos desmayamos en reiteradas oportunidades. Después de 7 largos minutos se firmó el armisticio provisional, sujeto a la aprobación del concejo deliberante y de nuestros estúpidos vecinos, los mismos que proponían poner las carretas en círculo.  Pero estaba refrendado con la sangre de los cuatro presentes, por lo cual era la paz definitiva por los próximos cuatro años (ya que vencido ese plazo había nuevas elecciones para intendente).

Acordamos lo siguiente:

1. El túnel se construía pero no se inauguraba con ningún tipo de acto público, ya que no se permitía ninguna forma de ostentación,

2. Buendía y El Chino garantizaban con sus propias vidas la seguridad de los funcionarios municipales y de los vecinos, hasta la de los que querían tirar aceite hirviendo,

3. El túnel iba a ser de una sola mano, pero rotativa: de 8 a 16 horas el sentido de circulación era este-oeste, de 16 a 24 horas de oeste a este, y de 0 a 8 horas se cerraba con dos cortinas metálicas,

4. Sobre todos los guapos, tanto el Chino como Buendía y los otros fascinerosos de los distintos barrios, pesaba una orden de restricción que les impedía acercarse a menos de 4 kilómetros de las obras,

5. En 120 días Pote se comprometía a modificar la zonificación de Acassuso, permitiendo la construcción de torres de hasta 24 pisos y dos subsuelos.  De esa forma los vecinos podíamos vender nuestras casas a precios exorbitantes y mudarnos a San Andrés de Giles, Capilla del Señor o Talampaya,

6. En relación al punto 5) Pote solicitó una participación del 10 % del producto de esas ventas, no para si mismo sino para convencer a los concejales de que modificaran la zonificación.  Cuando recordamos que ahora tiene mayoría absoluta en el concejo y que el 10 % era realmente innecesario, ya era tarde, porque habíamos firmado el acta provisoria,

7. Dentro de los próximos dos (2) años se construirían 28 túneles en Acassuso, bajo todas las calles existentes, y, de ser necesario, las arterias principales (Alvear y Perú) tendrían hasta 3 y 4 túneles cada una.

Y así termina la historia.  El Chino y el suscripto fuimos retirados de la cloaca en ambulancia.  Antes de desmayarnos nuevamente exigimos –y conseguimos- ser retirados en ambulancias privadas y no por las pertenecientes al servicio municipal. Ya recuperados, yo estaba orgulloso del éxito de mi Plan B y de la floreciente relación que ahora tengo con el Chino.

Hasta me está enseñando a usar el puñal para que yo lo incorpore a mis salidas en el auto, descartando la anacrónica tecnología del bate de béisbol que llevo oculto entre los dos asientos delanteros. 
En mi reciente cumpleaños Giulietta me regaló un facón de acero quirúrgico con empuñadura de asta de ciervo de Caviahue.   El Chino, sinceramente emocionado por el acontecimiento, me regaló una boina azul y oro con estrellas doradas y un círculo negro, explicándome que dicho círculo era una señal de luto por la copa recientemente perdida con el Milán.   Decidí usarla solamente en casa, porque si me llega a ver un hincha de Vélez con esa boina soy hombre muerto.

Por primera vez en muchos meses era feliz.  Revoleaba mi nuevo facón a diestra y siniestra, contento como un infante, y me calcé orgulloso la boina. Apuré mi sexta ginebrita, provista por el excelente y muy económico servicio de San Tomé Barras Móviles ® –que desde ya les recomiendo a mis amigos lectores- y me propuse dormir a pata ancha después de tantas noches de insomnio.

En eso estaba cuando El Chino se levantó cadenciosamente de su silla, se me acercó sigilosamente, inclinó su cabeza y me dijo al oído: viejo, nunca te vayas a olvidar de que me debes una, porque yo tengo una memoria de elefante.  Ya te voy a hacer saber cuando te necesite…

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