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Miércoles 19 de diciembre de 2007
El joven manos de tenaza
Nuevo cuento enviado por el lector y empresario Jorge Bertezzolo que describe la vida de Víctor Hugo Tabarez Alzamendi, un poderoso estanciero con particularidad en sus manos... que lo convirtieron en el ídolo de su equipo


Fotos


Víctor Hugo Tabarez Alzamendi era un riquísimo y poderoso estanciero uruguayo, de fortuna casi comparable a la de Bill Gates, cuyas vastas extensiones de tierra se extendían desde las afueras de Montevideo hasta kilómetros más allá de Fray Bentos 

Es extraño, pero sus amigos no lo llamaban Víctor Hugo sino Washington, seguramente por aquella inveterada costumbre uruguaya de llamar a sus hijos con nombres de presidentes gringos, tales como Roosevelt, Washington, Wilson, Clinton o Reagan, o de denominar “champion” a unas simples y ordinarias zapatillas para básquet.

Tan amplia era la extensión de sus campos que Washington podía decir –cual Julio César cuando retornó victorioso de las Galias- que en los mismos nunca se ponía el sol.  Lo único que interrumpía una visión perfecta eran las dos torres de la pastera de Botnia… y los asambleístas de Gualeguaychú gritando desde el lado argentino.

Washington es una persona llena de virtudes, y la mejor definición que se puede hacer de él es que se trata de un tipo realmente querible.  Asador excepcional, el mejor que he conocido en mi vida, siempre dice que solamente es un buen quemador de carne, que otros son los verdaderos asadores. 

En algún momento pensé que era solamente falsa modestia, y que lo decía con la artera, sucia y maloliente intención de que siguiéramos elogiando sus impecables asados, pero con el tiempo adquirí la plena seguridad de que sus palabras son una combinación de sincera humildad republicana, educación en escuela pública y moña.  Después, con más tiempo, les explico ésto de la moña a los que no saben que es.

Si algo caracteriza a Washington es tener una fuerza extraordinaria en los brazos, y casi más que extraordinaria en sus manos.  Hace años que nadie lo saluda dándole la mano, porque los riesgos son sencillamente altísimos.  A lo sumo un saludo desde lejos, una palmada en la espalda o un hola “Washington”.

Su madre, Hillary, lo bautizó como “el joven manos de tenaza” cuando vio su capacidad de doblar los mecano con el pulgar, o de pulverizar los juguetes de lata o de acero.  La pobre mujer vivía impresionada y asustada a la vez por las muestras de afecto de su hijito.

La misma Etelvina, que es su mujer, tiene los brazos llenos de moretones que –cuando desaparecen- dejan su lugar a nuevas heridas y magulladuras.  Recuerdo que en cierta ocasión ella patinó en el verdín y su esposo solícito agarró fuertemente su brazo para evitar que cayera y se lastimara.  Desde ese fatídico día Etelvina tiene tres piezas metálicas articuladas a la altura del codo, que le permiten un adecuado funcionamiento del brazo pero que crujen notoriamente los días de humedad, baja presión o sudestada.

Cierta leyenda muy común entre el personal de sus campos es que en cierta oportunidad arrancó con las manos un sauce llorón que obstaculizaba el paso de su tractor.  Otra versión de la misma historia es que se trataba de un sauce común, que al ser arrancado se convirtió en un llorón.  En el fondo cuesta creer que esto sea verídico, parece una de las tantas mitologías gauchescas rioplatenses, como las del aparecido, el lobizón, la luz mala, o el bicho-taladro.
Etelvina, luego de una de las habituales e infaltables peleas entre conyuges, sin las cuales el matrimonio seria un verdadero opio, le dijo que si alguna vez él le pegaba ella lo iba a abandonar, porque no soportaba las actitudes machistas.  En el fondo sonó a bravata, porque todos sabíamos que si Washington le llegaba a poner una mano bien puesta ella no iba a sobrevivir como para abandonarlo.

Sus propios hijos (tenía 9 reconocidos y 5 entenados, producto de tantas noches al sereno en la colosal campiña uruguaya) escapaban cuando los quería acariciar, mientras gritaban que preferían que los gestos de afecto provinieran del hombre de la bolsa o hasta del mismísimo Fernando de la Rua.

A nuestro personaje lo apasionaba el fútbol, igual que a otro rico y poderoso empresario –en éste caso argentino- llamado Mauricio Macri.  La diferencia es que a Mauricio basta con verle la cara para darse cuenta de que jamás va a poder manejar la de tientos con una mínima dosis de habilidad.  Digamos ni siquiera la habilidad de Tuzzio, sólo por citar un ejemplo.

Washington, en cambio, era un arquero de aquellos.  Un celoso mastín napolitano que podía dar la vida misma –o por lo menos una pierna, un brazo o un ojo- para que la pelota no se le colara entre los tres palos.  Pudo ser el sucesor de Ladislao Mazurkievicz, que fue su mentor en los secretos del puesto, pero nuestro personaje estaba en contra del fútbol profesional por causa de sus nobles, puras y románticas ideas socialistas, y por esa causa nunca quiso involucrarse con la práctica rentada del fútbol.

Práctica que –según la visión del mismo Washington- parece convertir en semi-dioses del Olimpo a tipos tan ordinarios como Husaín, Montero Castillo, Trotta o Abbondanzieri.  Y que nos obliga a escuchar con verdadera fruición las palabras de plomazos como Riquelme, que será un excelente jugador pero sería mucho mejor jugador si fuera mudo. 

Entre paréntesis debo contarles que en el partido contra el equipo iraní que antecedió a la fatídica (para el equipo argentino) final del 2008 entre Boca y Milán, Miguel Angel Russo dejó la arenga final en las manos (o en los labios) del susodicho Riquelme.  El único que pudo sobrevivir los 15 minutos despierto, que fue el negro Ibarra, dijo que por ser su primera arenga no había estado tan mal.  Pero yo desconfío porque el Topo y el Negro son muy amigos.

Si hubiera decidido profesionalizar su carrera, Washington podría haber defendido el arco de Peñarol o de Nacional, y no digo de la Selección Charrúa porque en aquellos tiempos el dueño indiscutido de los tres palos orientales era el legendario Chueco, sujeto de otro memorable cuento de nuestra autoría.

A veces me pregunto porqué dentro de mi selecto y limitado grupo de amigos solamente dos son uruguayos y, además, ambos son arqueros.  Supongo que esto tiene que ver con lo mal que le pego a la pelota: son amigos míos porque no me perciben como un peligro potencial.  Vaya entonces un cálido saludo a todos los esforzados y muchas veces injustamente criticados guardametas de Argentina y Uruguay.  Y a Chilavert, que es paraguayo, pero nunca estará fuera de mis afectos.

Atenazando la pelota Washington me hace acordar al legendario Miguel Rugilo, el león de Wembley, aquel arquero de gruesos bigotes y envergadura voladora de Boeing 747. 
La única diferencia es que cada vez que nuestro personaje atenazaba el esférico lo hacía explotar.  Pero como era rico, joven y estanciero llegaba a los partidos con 20 ó 30 pelotas para prevenir esos desbordes de su fuerza bruta.

Cuando se le escapaba alguna fácil, cosa que al más pintado de los arqueros le puede ocurrir en una tarde aciaga y fatídica, no nos hacia recordar a Miguel Rugilo sino a Sergio Goycochea, mal arquero y de injusta buena fama si los hubo en el fútbol sudamericano.

Washington, además de jugar al fútbol en las ligas amateurs de Tacuarembó, Canelones y Laguna del Sauce, no le escapaba jamás a las nobles tareas del campo, y tanto le gustaban esos quehaceres que por momentos era un peoncito más.  Arrancaba árboles –como ya quedó dicho-, roturaba la tierra, sembraba, cosechaba, sacaba las uvas tannat en un canasto, y hasta ordeñaba vacas holando-uruguayas de su propiedad.

Cuando digo “ordeñaba vacas holando-uruguayas” y si los lectores recuerdan su descomunal fuerza de manos, resulta casi obvio que estamos en presencia de un problema.  Para las pobres y sufridas rumiantes el ordeñe se convertía en una tortura diaria, hasta el punto que varias vacas lecheras en plena producción manifestaron su deseo indeclinable de ser enviadas al matadero.  Inclusive cuando Washington llamaba a formar fila para el ordeñe, solían pasar largos minutos hasta que alguna se decidía a dar un paso adelante.

La cuestión se fue complicando y llegó al punto de que la representante gremial del S.U.D.V.L.C.S (Sindicato Unico de Vacas Lecheras de Colonia Suiza) presentó una protesta formal contra Washington y sus prácticas espurias.  El asunto conmocionó a todo el país, máxime porque dicho reclamo tuvo el pleno apoyo del S.U.T.B.P. (Sindicato Unico de Toros Bravos de Pando), poderosa organización gremial uruguaya vinculada al ex Presidente Battle. Se solidarizaron con sus parejas y defendieron sus propios intereses, porque está claro que el día que Washington confunda una vaca con un toro vamos a tener una desgracia para lamentar. 

Vacas y toros, para elevar sus protestas ante C0.NA.PRO.LE (creo que es Comisión Nacional de la Producción Lechera) viajaban desde los más recónditos rincones del país en las modernas unidades de dos pisos de C.U.T.C.S.A. (Compañía Unica de Transportes Colectivos SA).  Igual en Uruguay ya sabemos que todo queda más o menos cerca, tampoco es el Desierto del Sahara.  Como diría Mendieta “que lo parió”. Que lo parió con la costumbre uruguaya de utilizar siglas cuasi imposibles de descifrar para los extranjeros.  Y –debo reiterarlo- de ponerle nombres gringos a sus propios hijos, cuna misma y futuro venturoso de la tradición oriental.

No vayan a creer que Washington no era consciente de su problema, pero era consciente de que su fuerza era un toque divino, totalmente fuera de su voluntad.  Dios lo había hecho fuerte como a otros nos hace pelados, enanos, cortos de vista, gordos, con pie plano, o inclusive con hongos en los pies planos.

Con los años empezó a pensar que, regalo de Dios o de Mandinga, ya estaba totalmente podrido de no poder acariciar a sus hijos, de no poder caminar por la calle llevando a su esposa del brazo, de no poder estrecharle los cinco a ningún amigo, y de su pésima fama entre vacas, toros, personal de C.U.T.C.S.A. y CO.NA.PRO.LE y hasta de ex Presidentes como Battle.

Decidió curarse, aunque ello implicara no volver a jugar al fútbol y tener que talar sauces solamente por sistemas convencionales.

Acudió al eminente científico uruguayo Roosevelt Maroñas, alias “parada cinco”, quien desde hace años venía investigando la relación entre la fuerza física de las manos y las ondas cerebrales del hipotálamo y del mesotálamo.  Había diseñado una extraña máquina, con la carcaza de una heladera Siam 85 y sofisticados circuitos electrónicos, que en teoría era capaz de modificar la inteligencia de las personas.

Con dicho equipamiento de tercera generación Roosevelt esperaba poder elevar o disminuir la capacidad cerebral del primer tonto que se presentara como voluntario, y suponía además que esa modificación alteraría drásticamente las ondas cerebrales que emitían el hipotálamo y el mesotalamo. Curando enfermedades tales como la excesiva fuerza en las manos, el riñon flotante, el estrabismo, el pie de atleta y el lumbago.

Washington fue -efectivamente- el primer tonto que se sometió a las locuras de Maroñas, quien en su pasado había cruzado gallos con cocodrilos para enriquecerse con las riñas de esos pobre bichos.  Hasta que a los apostantes les pareció raro que el gallo verdecito con escamas y mandíbula prominente se morfara a los otros gallos en lugar de picotearlos. 

También había cruzado pollo con ciempiés, para obtener el famoso pollo de cien patas y dos pechugas para las fiestas de Navidad y Año Nuevo, que en su momento fuera comercializado por Carrefour, Jumbo y Coto. En fin, un montón de estupideces que nada bueno auguraban para el nuevo experimento que se disponía a iniciar.

Nuestro querido Washington fue introducido trabajosamente en la Siam 85, heladera de poco espacio si las hay porque el equipo es gigantesco.  Se le conectaron electrodos en manos, pies, cabeza y otras partes de su anatomía que la moral y las buenas costumbres me impiden describir, y se procedió a cerrar la compuerta exterior.

Cerrada la misma Maroñas comenzó por activar el medidor de inteligencia práctica o aplicada de su víctima y la lectura señaló que el mismo era de 330 nanoneuronas.  En ese mismo momento supo que un coeficiente de inteligencia tan sorprendentemente alto era la única y verdadera causa de la escandalosa fuerza de manos de Washington.

Decidió cortar por lo sano y bajó las 330 nanoneuronas a 165 nanoneuronas, utilizando para ello la palanca delantera que tenían las Siam 85, siempre coronada por una pequeña esfera o bola de color crema.  Abrió la puerta y le manifestó a nuestro querido Washington que ya estaba curado, después de lo cual le dio la mano para felicitarlo.

Cuando recobró la circulación de la sangre en su mano derecha volvió a empujar a su paciente al interior de la heladera y bajó el índice de inteligencia a 90.  Vuelta a abrir la puerta, vuelta a felicitarlo y vuelta a revolverse por el suelo por el dolor causado por el apretón de manos. Parecía que nada resultaba y, harto de sus fracasos anteriores, Parada Cinco decidió jugarse a todo o nada.

Con la mano izquierda, porque la derecha yacía muerta en un colgajo de carne y huesos, decidió bajar el índice de inteligencia a solamente 20 nanoneuronas, mientras gritaba “maldito hipotálamo y maldito mesotálamo”.

Acto siguiente se produce un corto circuito y una tremenda explosión que conmovió a la Siam 85 hasta el tuétano. Una espesa nube de humo negro y maloliente inundó el baño de servicio donde se desarrollaba el experimento.

Asustado, Maroñas abre la puerta de la Siam y encuentra un pequeño ser humano totalmente contraído y casi totalmente calcinado, tosiendo desesperadamente por el efecto de la humareda.  Cuando se recuperó y pudo articular palabra le dijo al científico: coño, se te ha ido la mano, joder, yo quería perder la fuerza en las manos no convertirme en un gallego, dime cabrón, cuando sale el próximo vuelo de Iberia a Galicia ?

Con los años nuestro personaje se recuperó de esa nefasta experiencia, aunque le quedaron las cejas anchas y unidas y se hizo hincha del Villarreal, y empezó a buscar un nuevo remedio para su tremendo problema.  Ya había vendido sus campos, dejó de jugar al fútbol, fue abandonado por su mujer y sus hijos, y pasaba sus horas sin pena ni gloria jugando al ludo y al juego de la oca.

Paso por distintos especialistas uruguayos, argentinos y brasileros sin ningún resultado visible: la fuerza de sus manos se mantenía incólume y hasta aumentaba con el paso de los años.  Actividades tan simples como tomar un vaso de buen tinto le resultaban imposibles, porque el vaso estallaba en su mano y la bebida se perdía irremediablemente.  Muy a su pesar tuvo que empezar a utilizar esos vasitos plásticos con pajita incorporada que usan los más chicos, en éste caso identificadas con las cálidas imágenes de las Tortugas Ninja.

Finalmente las manos, además de mantener su fuerza, empezaron a crecer en tamaño.  No digo que eran las manos de Edmundo Rivero pero se notaba la diferencia con una mano normal, y era como medio impresionante para quienes seguían siendo sus amigos y no lo habían abandonado pese a su espantosa tragedia humana y social.

Finalmente supo de un ignoto homeópata y quiromántico entrerriano, recomendado no se sabe por quien, que vivía en Gualeguaychú y era conocido como el Gurí Basavilbaso.  El sujeto era, en el fondo, un verdadero charlatán que supo recorrer el Far West en sus años mozos, con esos típicos carritos que vendían un único tónico para todo uso y para todo tipo de enfermedad, dolencia o aflicción: el “Basavilbaso Tonic”.  Dado su origen irlandés y su piel lechosa era conocido en el gran país del norte como Pecas Bill.
Ahora, después de la patética experiencia que vivió Washington con el Gurí podemos sacarle su falsa máscara de médico o siquiera de profesional, y decir sin temor a equivocarnos que el famoso Gurí Basavilbaso no es más que un mequetrefe y un pelafustán.

Pero retrotraigamos nuestra historia: Víctor Hugo decidió viajar a Gualeguaychú porque era consciente de que era su última oportunidad de curarse.  Algunos indicios, como no poder meterse el dedo meñique en la nariz o en la oreja, le indicaban que el mal seguía avanzando. 
Ya no podía abrir una puerta o una ventana sin arrancarla de cuajo, y lo mismo le pasaba con su sedán de cuatro puertas y marca alemana, hasta que cortó por lo sano y se compró un Mehari.  Al que entraba directamente saltando.

Para cruzar a la otra costa, y dado el nivel de conflicto a nivel latinoamericano que había generado la dichosa pastera de Botnia, tuvo que disfrazarse de argentino.  Era la única forma de asegurarse que su viaje de ida iba a tener como correlato un viaje de vuelta a Uruguay.  La ropa de argentino le quedaba bien, inclusive se puso una escarapela celeste y blanca y una bufanda con los colores de Boca para reforzar su identidad. 

Lo que le costaba muchísimo, y eso estuvo a punto de delatarlo ante las severas autoridades migratorias argentinas, era maltratar a toda la gente que lo rodeaba, sentirse superior a todos, y emitir opiniones estúpidas sobre cualquier tema como si fuera un experto.  También le costaba ser soberbio y maleducado, empujar a los demás para colarse en las filas y estar todo el tiempo pensando como embromar a los demás.  Pero se las rebuscó bien, mientras se preguntaba constantemente como hacían los argentinos para vivir todos juntos en un mismo país sin matarse a palazos entre ellos.

Cruzada la frontera y cruzada la barrera de los ambientalistas, que formaban ya una muralla humana que se extendía entre Zárate y Goya (Corrientes), Washington tomó un taxi y se dirigió decidido al domicilio particular del Gurí.  El taxista, argentino al fin, dio mil vueltas a los fines de aumentar su facturación, pasando por las ciudades vecinas de Gualeguay, Paraná y Avellaneda.  Ya bien entrada la noche nuestro personaje llegó al miserable e inmundo rancho donde Basavilbaso ejercía su profesión.

Sentado en un cajón de cerveza, delante de una mesa conformada por cajones de cerveza, se encontraba el famoso Gurí, sentado en otro cajón de cerveza.  De aspecto agradable y trato afable, tenía un notable parecido con Pancho Velásquez, ese muy buen cantor entrerriano que fuera inmortalizado por su amigo José Larralde.  Aprovechamos la oportunidad para informar a nuestros amables lectores que está a punto de conocer la luz nuestra nueva obra, intitulada “El entrañable José”, dedicada justamente a ese notable cantor sureño que naciera hace muchísimos años en Huanguelén, Provincia de Buenos Aires.

Es notable como me cuesta seguir el hilo de la historia y como me pierdo constantemente en los meandros de mis propias obsesiones, de mis propias vivencias, y de las primeras estupideces que me vienen a la cabeza.  Habrá llegado la hora de aumentar la dosis diaria de Gerovital ?  No será mucho 8 pastillas diarias ?
Habrá que probar con un electroshock ?  En fin, las clásicas preguntas que se hacen los artistas viscerales, creativos y hondamente comprometidos con lo popular, con la justicia social, con la equidad y con el vino tinto de buena cepa y cosecha.
Apartemos de un solo golpe los fantasmas que nublan la visión y el entendimiento y sigamos con la historia.  Washington estaba sinceramente impresionado por la calidez y los conocimientos del Gurí.  Este le comentó que el suyo era un caso muy raro para la medicina no tradicional y para la acupuntura.  Distinto a la enfermedad que supo tener Edmundo Rivero, que vulgarmente se denominaba gigantismo, y que implicaba un desproporcionado crecimiento de cara, manos y pies, pero que de modo alguno implicaba mayor fuerza en las extremidades y mucho menos que el tipo fuera un caradura.  Por el contrario, había sido en vida un excelente cantor de tangos.

A continuación Basavilbaso le contó que la última persona que había tenido su misma enfermedad era el bíblico David, y que solamente eso explicaba la fuerza con la que había arrojado la piedra que mató a Goliat.  En los veinte siglos posteriores no se conocieron nuevos casos, aunque muchos sospechaban de Arnold Schwarzenegger.

La solución existía y se llamaba “Basavilbaso Tonic”, producto importado de los EEUU por Johnny McGregor Basavilbaso, primo del dicente, de lo que doy fe.  Lógicamente era una versión específica de dicho tónico para el problema de Washington, que se denominaba W.S.B.A.S.H. (what-so-big-and-strong hands) justamente porque se comenzaba a exportar al Uruguay.  Casualmente la primera partida del producto acababa de llegar desde Alabama al consultorio-rancho del Gurí. 

El tratamiento duraba cuatro semanas, con control médico semanal, y consistía en ingerir dos cucharones del tónico, seguidos de una cucharada de aceite de ricino y un vaso de Sprite o Seven Up.  Esto último le pareció verdaderamente asqueroso a Washington, pero no logró que el Gurí la cambiara por Pepsi o Coca.

Para evitar nuevos problemas de entrada y salida del país, nuestro hombre alquiló un tugurio cercano al consultorio de Basavilbaso.  Cuando decimos cercano queremos decir que estaba en la villa miseria vecina a la del supuesto médico, que Washington –seguramente delirando por la ingesta del fuerte tónico- se empeñaba en llamar cantegril. 

Hizo el tratamiento al pie de la letra y volvió una semana después a ver al profesional.  Las manos seguían iguales, como siempre arrancó la puerta de chapa al entrar, pero un fino vello empezaba a cubrir todo su cuerpo.  El Gurí le dijo que no se preocupara, que todo estaba bien, que todavía no era tiempo de resultados, y que como bien decía Reinaldo Merlo todo se daba paso a paso.

Siete días después Washington caminó las seis cuadras de barro espeso, hediondo y maloliente que separaban ambas moradas, intentando esquivar sin éxito las ciénagas y cloacas a cielo abierto que interrumpían el camino, mientras pateaba ratas del tamaño de gatos castrados que insistían en morderle los tobillos.

Obviamente la puerta estaba abierta, porque el Gurí estaba podrido de tener que remachar la chapa-puerta con cada visita de su paciente.  El tema es que todo seguía igual desde el punto de vista manos y fuerza, pero ya el fino vello se empezaba a endurecer y estaba como para depilarlo.  El médico no le dio importancia alguna al hecho y le dijo que –ahora si- en una semana se verían los resultados.  Por error había cerrado la puerta, que fue arrancada nuevamente por Washington al salir.

Tercera visita.  El rancho ya no tenía puerta de chapa sino una simpática cortina plástica.  Washington había dejado de ser un humano y se había convertido en un gorila, total y absolutamente tapizado por una espesa pelambre negra, con la única excepción de su cara.  El Gurí quedó realmente impresionado y no pudo seguir con sus explicaciones engañosas y fraudulentas. 

Le dijo al paciente que por favor se olvidara de esa estupidez de la fuerza en las manos, que finalmente era cosa de machos, y que se concentrara en el nuevo problema porque de lo contrario iba a desaparecer debajo del pelo, y el gobierno de Cristina Kirchner lo iba a acusar de anti-peronista, lo cual no era para nada bueno en éstos tiempos.  Debía cambiar el tónico que estaba tomando por el nuevo producto de la línea Basavilbaso: el W.S.U.G (what-so-ugly-gorilla).

Washington salió enfurecido por las malas nuevas y arrancó deliberadamente la cortina plástica olvidando por un momento su extraordinaria fuerza.  El Gurí quedó sentado en el cajón de cerveza, delante del escritorio homónimo, mientras su miserable y repugnante rancho se derrumbaba a su alrededor, en medio de una pavorosa nube de vinchucas que se alojaban en los distintos intersticios de las chapas.

Cuarta semana. El Gurí, sentado al sereno y bajo una fina garúa, observó con horror como se acercaba una espantosa mata de pelo con dos pies.  Al horror le sucedió la gracia, el humor fácil del chusco, y recibió a Washington diciéndole que había muerto el actor que personificaba al Tío Cosa en Los Locos Adams, y que en Hollywood estaban buscando un reemplazante.

Como respuesta Washington le pegó un manotazo al escritorio, volando los cajones que lo integraban a varios cientos de metros de distancia.  Estuvo a punto de tomar al Gurí por el cuello, pero calculó rápidamente que en solamente 4,5 segundos se habría convertido en un asesino, y esa no era su naturaleza.  Finalmente recordemos que era Washinton era uruguayo y no argentino.

La indignación, la furia y el dolor interior acumulados durante toda una vida –pero especialmente durante el último mes- hicieron finalmente eclosión y Washington se puso a llorar.  Ni siquiera llorar, era como un aullido desgarrador que no llegaba a convertirse en un sonido, como cuando a Michael Corleone le matan a su hija en El Padrino 3 (escena en la escalinata de la Opera).

Era como la Pachamama pugnando por salir al exterior de la humanidad de Victor Hugo y mostrarse en todo su esplendor.  Era como que las fuerzas ocultas de la naturaleza, que incluían a los gnomos, los elfos, al Gauchito Gil y a la Difunta Correa (patrona de los arrieros) tomaron bajo control al hombre y lo revolcaron y revolearon por el piso.

Cuando terminó la crisis y el joven manos de tenaza pudo calmarse, lo invadió una gran tranquilidad espiritual.  Pudo ver claramente esa luz blanca intensa que tantas veces nos describió Víctor Sueiro –que ahora se nos murió en serio y definitivamente- y llegó a la plenitud de la paz interior.

Lo de las manos y la fuerza era asunto olvidado, podía convivir con ese problema durante los años que le quedaban por vivir.  Lo que no soportaba era ser una bola de pelo grasiento, siquiera imaginando el crecimiento futuro de la inflación y los aumentos en el precio de las máquinas de afeitar. 
Lloró por otro largo rato, mientras el Gurí pensaba en alguna nueva variedad de su tónico que ayudara a esa pobre bestia, y finalmente se dirigió al doctor para preguntarle: doctor, dígame la verdad de una, qué padezco ?

La pregunta fue la gota que colmó el vaso.  El Gurí estaba tentado de reírse desde que Washington había entrado a su ahora amplísima morada.  No pudo más, juro que se quiso resistir pero no pudo más, e imitando la voz de una tierna criaturita le dijo: la vedá… la vedá… padece un osito.

Cortemos el cuento en éste punto.  El final es absolutamente previsible, pero déjenme darme el gusto de escribirlo. 

Washington purga una condena de diez años en el penal de Magdalena, y sale en tres años por buena conducta.  Quizás el único beneficio de haber cruzado el charco es haber sido juzgado por la justicia argentina, cada vez más garantista y benévola.  Por otra parte, y siendo que el asunto tomó relevancia internacional como una nueva estafa de un argentino hacia un pobre ciudadano extranjero, Cristina no quiso meterse en más problemas con Tabaré e intercedió para que la condena fuera lo más leve posible.

Tabaré, a su vez, cortó en protesta todos los puentes internacionales que unen Uruguay con Argentina y llevó el caso de Víctor Hugo a la Corte Internacional de La Haya.  Dicha Corte, que nada había resuelto aún sobre el tema Botnia, le contestó que por qué Argentina y Uruguay no se dejaban de joder y resolvían sus problemas entre ellos, en lugar de tirarle toda su basura a La Haya.

El caso Washington reavivó las brasas del fuego que separaba a los dos países hermanos. Tabaré acusó a Cristina de polleruda, motivando la inmediata reacción del ex presidente Néstor Kirchner, que le dijo a la prensa internacional que desde diciembre del 2007 el único pollerudo era él mismo.  Y que estaba orgulloso de serlo.

Argentina prohibió el ingreso de chivitos, medios y medios, pamplonas y chotos desde Uruguay.  La última prohibición totalmente justificada, porque en Argentina hay mejores productos de esa misma especie.  Uruguay contraatacó prohibiendo la importación desde Argentina de ginebra Bols, vinos mendocinos, yerba mate y chorizos.  Siempre supuse que el fortísimo arancel aplicado a los chorizos tiene directa relación con el tema de los chotos.

Hugo Chávez, en medio de sus reiterados intentos por morir siendo Presidente de Venezuela y de América Latina, ya no sabía que hacer para que no se resquebrajara definitivamente su amado proyecto de la Patria Grande Bolivariana. 

Propuso financiar varias obras para el bien común de los países de la región, entre las que se contaba un puente que empezaba en Caracas y se bifurcaba –cual nuestra Panamericana en rutas 8 y 9- hacia Montevideo y Buenos Aires.  El tema no se concretó porque el desgraciado intentaba financiar el proyecto cobrando un peaje de u$s 1.180,25 a cada vehículo.

También propuso alfombrar el Río de la Plata, aprovechando que cada vez está más tapado, para que argentinos y uruguayos pudieran cruzarlo y abrazarse en el límite entre ambas naciones.  El proyecto fue descartado por la inmediata y fuerte oposición de Buquebus.

Finalmente, y ya desesperado porque el continente se le escapaba de las manos,  propuso donarle a la Argentina y a Uruguay el 10 % de la producción petrolera y gasífera de Venezuela.  Y aquí vuelvo a apelar a la imaginación de nuestros lectores pero me reservo el derecho de escribirlo.
Se acabaron los problemas de una. Tabaré abrazaba y besaba a Cristina (seguramente para enfurecer a Kirchner), el Rey Juan Carlos bailaba una jota sobre el buque insignia de Buquebús, los ambientalistas hacían fila para solicitar trabajo en las plantas de Botnia (ya eran seis), Plaza Cagancha se rebautizó como Plaza Dignidad Argentina y Plaza Once como Plaza Punta del Este (total los habitantes eran los mismos) y Washington fue indultado.

Finalmente se programó un partido entre dos equipos de futbolistas veteranos de Uruguay y Argentina para festejar la jamás derrotada y nunca vencida unidad rioplatense, incluyendo homenajes a San Martín y Artigas.  Partido que se llevó a cabo en el Coliseo Olímpico de Colonia Suiza luego de una áspera discusión entre Tabaré y Cristina para fijar la sede del mismo.

El equipo argentino, capitaneado por Maradona, llevaba como arquero a José Luis Félix Chilavert, quien –siempre rápido para los mandados- se nacionalizó argentino de urgencia para no perderse el evento.  Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el ex paraguayo cubría el arco en toda su magnitud.

Del lado charrúa el capitán era el Príncipe, que para participar dejó por 12 horas sus negocios en Miami en manos de Paco Casal, y el arquero –no podía ser otro- era El Chueco, quien todavía se entretenía contando su anécdota con Fierinha y preguntando a quien le había dado la FIFA aquel campeonato del mundo.

Eso fue en el primer tiempo.  En el segundo Riquelme reemplazó a Maradona bajo la condición de que no pronunciara una sola palabra.  El Príncipe dejó su lugar a Forlán y corrió presuroso hacia su Lear Jet, que estaba con las turbinas encendidas y presto para despegar.  El Chueco se retiró con la mirada perdida, como buscando a su archirival Fierinha en las tribunas.

Le dejo el arco a una bola grasienta de pelo, irreconocible hasta para los espectadores uruguayos.  Todo el mundo se preguntaba quien osaba reemplazar con esa apariencia espantosa –y seguramente desnudo debajo del pelo- al Chueco en los tres palos uruguayos. 

Pero bastó que Bochini (había reemplazado a los 4 minutos de ese segundo tiempo a Riquelme, quien se atrevió a pedirle una falta al arbitro) hiciera una apilada de área a área y metiera una de esas pelotas imposibles para cualquier arquero, para que el misterio se develara.

Cuando el gorila voló de palo a palo y atenazó la pelota entre sus dos firmes garras todos supieron que se trataba de Víctor Hugo Tabarez Alzamendi, el joven manos de tenaza.  Hecho que quedó efectivamente reafirmado por la inmediata explosión de la pelota.  Todos sus compañeros corrieron a abrazarlo, porque el partido estaba 9 a 9 y faltaban solamente dos minutos. 

Algunos de ellos sintieron un poco de asco, pero finalmente se sumaron a la pila humana, porque Victor Hugo es un arquerazo, es un compatriota y –finalmente- es un tipo bueno, honesto y querible.

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