El servicio de los trenes argentinos es realmente malo. Desde que Charly Méndez privatizó los ramales que llegan al Gran Buenos Aires –mientras anulaba la mayoría de los servicios que comunicaban a las sufridas poblaciones del Interior- los contribuyentes hemos debido pagar por todas y cada una de las supuestas inversiones de las empresas concesionarias (nuevos trenes, mejoras en las estaciones, túneles para agilizar el paso del tránsito, etc). Todo ese dinero se ha malgastado, porque los concesionarios no produjeron las prometidas mejoras en el servicio. Recordemos que el slogan del susodicho Charly era que se privatizaba todo, absolutamente todo, para que los servicios fueran como los del Primer Mundo. Hoy podemos concluir que siguen siendo del Tercer Mundo pero con los precios del Primero. Algo es algo. Parece que estamos bien encaminados. Objetivamente estamos igual o peor que cuando los trenes eran administrados por Ferrocarriles Argentinos, y pagamos subsidios muy superiores a los de aquellos lejanos tiempos. Ocasionalmente soy usuario de la supuesta línea estrella, que es el Ramal Retiro-Tigre de Trenes de Buenos Aires (TBA). Viendo su regular funcionamiento y el incumplimiento de todo tipo de horarios tiemblo solamente de pensar en los conciudadanos que todos los días deben viajar a Moreno, Temperley o Lanús. En fin, lo de siempre, empresarios privados poco escrupulosos (en el caso de Trenes de Buenos Aires son colectiveros, por definición competidores del servicio ferroviario), que cobran jugosos subsidios y no hacen nada por la calidad de las prestaciones. Será justamente porque son competidores ? El actual Secretario de Transportes, funcionario cuestionado si los hay, se limita a aumentar periódicamente los subsidios, como si eso sirviera para que los usuarios viajen mejor y no solamente para engordar los bolsillos de dichos concesionarios. Pero bueno, dejemos de destilar bronca por la forma en que se manejan los bienes del Estado en la Argentina, y pasemos a otro tema que nos preocupa: siguiendo la lógica de los países bananeros, nadie piensa en mejorar el servicio de trenes actual, muy por el contrario se piensa dejar todo como está y –a la vez- gastar una fortuna en un tren-bala. Se habla de un tren bala a Córdoba y otro a Rosario. Antes que siquiera comiencen las obras se hablará de trenes-bala a Tafí del Valle, a Quemú-Quemú y a Huanguelén (donde, entre paréntesis, nació ese gran artista popular que es José Larralde). La idea de las autoridades es que todo argentino que se precie se regodee con el flamante tren-bala (que se convertiría en un icono argentino similar a Maradona, Fangio, la birome o el dulce de leche) y siga viajando todos los días en tren con la comodidad de una vaca que transita su último destino hacia el matadero. Es decir, se trata de no resolver los problemas sino de crear instancias superadoras para que el problema se minimice, al estilo de la que supo proponer el ya citado Charly, cuando –no lo recuerdo exactamente- hablaba de un cohete que volaría por la estratosfera y nos llevaría en cuestión de minutos a Shangai o al Taj Majal. Reitero que son actitudes propias de los países bananeros, y como argentino bien nacionalista me duele decirlo, pero el bananerismo es una condición excluyente de todos los países que se encuentran al Sur del Río Grande. Todos, ya que Argentina, México, Brasil y Venezuela son bananeros con mayores recursos, pero bananeros al fin. Tomemos el ejemplo de Brasil, gran país donde –entre otros- nacieron deportistas como Pelé, Ronaldinho y Fierinha. Es una nación pletórica de recursos naturales, pero también es bananera, al punto que produce unas 12 variedades diferentes de dicho fruto, incluyendo la legendaria bananita de oro. Cuando se complicó la situación por la inseguridad en Rio de Janeiro decidieron llevarse la Capital a Brasilia, un lugar ubicado un poco después del fin del mundo. Los políticos y su corte de acólitos se mudaron a ese nuevo destino, mientras los habitantes de Rio viven rodeados de favelas que ya son ciudades en si mismas, y dominados y aterrorizados por los narcotraficantes. Siguiendo nuestra línea de pensamiento, no es una nueva “instancia superadora” propia de un país bananero ? En fin, volvamos al proyecto del tren-bala vernáculo. Además de ser una forma de atentar contra el orden natural de las cosas, ya que primero debieran resolverse los problemas de las líneas existentes y luego proyectar algo nuevo, es una idea francamente peligrosa. Terriblemente peligrosa. Alarmantemente peligrosa. Porque un tren-bala funciona perfectamente en Japón, Francia o Inglaterra, pero es un peligro evidente en un país del tercer mundo. Si creen que exagero con mi afirmación les voy a recordar la historia acontecida en España, más precisamente en Galicia, a principios del siglo XXI. Y conste que el ejemplo debiera ser válido para nosotros porque España es considerada un país del Primer Mundo más que nada por su ubicación geográfica europea, ya que sus usos y costumbres internas la asimilan notablemente a las democracias bananeras americanas. Bueno, empecemos de una vez: hace no muchos años se reunió la Junta Consultiva de Gobierno de Galicia, como lo hacía todos los meses. Analizaron el formidable crecimiento económico de España en las últimas décadas y –en particular- el aumento del PBI de la mismísima región gallega. Hablaban de ese crecimiento espectacular, que merecía un reconocimiento, un homenaje, algo que trascendiera en la historia. Paco (no podía faltar) propuso construir algo que le mostrara al mundo el poder de Galicia. Algo espectacular y formidable que fuera apreciado por los ciudadanos de los distintos países del orbe. Comenzó entonces el intercambio de propuestas: Manolo propuso hacer un monolito, grande y cuadrado, que pudiera verse desde toda Europa. Anselmo quería un cartel gigante que dijera “Viva Galicia, la Grande”, que se pudiera observar desde cualquier avión en 100 kilómetros a la redonda. El Chuño se inclinaba por trajecitos para todos los perros y gatos de Galicia, inclusive los animales extranjeros que estuviesen en cuarentena, con la siguiente frase grabada: “los gallegos no somos animales”. Manolo seguía insistiendo con el monolito, que en su nueva propuesta debía verse también desde Marruecos, para intimidar a los inmigrantes ilegales. Paco estaba furioso por la baja calidad de las propuestas y les dijo a los otros miembros de la Junta que con todos sus cerebros juntos no alcanzaba para hacer una porción de guiso. Superado el penoso incidente que produjeron sus palabras, insistió en llevar a cabo algún proyecto formidable, como lo son las pirámides egipcias, la estatua de la libertad, el Louvre o los jardines colgantes de Babilonia. Manolo, que quería si o si el monolito, dijo que el mismo podía llegar a ser redondo en lugar de cuadrado, mereciendo la repulsa generalizada de todos los asistentes a la reunión, que no podían siquiera imaginar un monolito redondo. Ni cualquier otra cosa con esa forma. Tras un largo e interesante diálogo de 5 días, 17 horas y 43 minutos entre las partes involucradas, que también incluían a Xavier, a Felipillo, al Cordobés y a Paquillo el Taurino, consensuaron una propuesta de aquellas, hombre: hacer un tren bala. Nada menos que un tren bala. Ese sería el símbolo de la grandeza de Galicia, y se proyectaría hacia los sitios más recónditos de la tierra. Inspirados en Japón, Europa Central y Disneyworld (EPCOT) afirmaban que dicho tren bala era lo mejor para mostrar la riqueza y el crecimiento de Galicia. El proyecto contemplaba llegar en 10 minutos a Madrid, en 15 a Barcelona, en 20 a Paris y en 25 a Buenos Aires, aunque algunos cálculos posteriores modificaron levemente esas predicciones horarias. Y decidieron descartar el servicio a Buenos Aires, porque de todas formas allí ya vivían un montón de gallegos. No era necesario enviar más. Paco propuso, y lo suyo fue aceptado, hacerlo en el mayor de los secretos para darle una sorpresa al mismo pueblo gallego, a todos los españoles, y –en suma- al conjunto de la Humanidad. Contrataron una empresa que diseñaba el tren, se encargaba del tendido de los monorrieles, de fabricar los mismos trenes y lo operaba por 20 años. Todo ello por unos pocos duros. Un argentino que los asesoraba les comentó que la empresa en cuestión era la misma que operaba varios ramales ferroviarios en Argentina, pero como los costos eran muy buenos, los gallegos decidieron cerrar los ojos a dicha realidad. Igual un sudor frío les corrió por la espalda. La inauguración estaba prevista para el domingo 20 de noviembre, con una gran fiesta popular que era también una sorpresa para el pueblo gallego. Previamente se retiraría la tela que cubría el monolito redondo de Manolo, que no era hombre de demasiadas luces pero –eso si- cargoso y pesado hasta que conseguía lo que se proponía. El lunes 14 las obras estaban finalizadas. El tren, las estaciones y las vías estaban cubiertas por grandes sábanas, para que nadie se diera cuenta de que bajo ellas existía un tren bala. Los pocos que sentían alguna curiosidad por saber que había debajo de las sabanas eran ahuyentados por guardias franquistas jubilados, que todavía inspiran tanto terror en España como las fotos de Aznar. El mismo lunes a primera hora se realizaba una nueva reunión de la Junta. Paquillo (el Taurino) llegó lívido y con taquicardia. Sin más les espetó a sus pares: coño, joder, coño, y si algo sale mal ? Y si hacemos un papelón ante todo el mundo ? Qué seguridad tenemos que ésta porquería funcione ? Nosotros somos gallegos, no japoneses ni alemanes… hombre, tenemos nuestras limitaciones. La euforia imperante en la reunión se trocó en la más cruel de las depresiones, botaron a la basura las botas (valga la redundancia) pletóricas de sidra, y varios de los miembros se echaron a llorar desconsoladamente. Ni siquiera tenían a mano un psicólogo para calmar su repentina ansiedad y dolor, porque es sabido que casi todos los sicólogos del mundo viven en Villa Freud, en Buenos Aires. Paco, que por algo era el presidente, se recompuso antes que nadie y dijo que Galicia y España habían pasado por muchos momentos difíciles, como el franquismo, la guerra civil y hasta el gobierno de Aznar, y no habían sido derrotados. Que en todo caso era suficiente con buscar la opinión de un experto sobre lo que ya se había construido. Y propuso nada menos que a la NASA como consultor, porque los gallegos podrán ser algo brutos pero son muy osados. Los otros miembros dejaban poco a poco de llorar y volvían a blandir las botas. Incapaces de pensar alguna solución mejor en las pocas horas que quedaban hasta el domingo, decidieron consensuar la propuesta de Paco. Paquillo el Taurino fue delegado para escribir en birome azul sobre papel A4 un historial del proyecto y las obras realizadas. Xavier fue encargado de leer dicho escrito a El Cordobés para que éste lo pasara a máquina. Paco operaba de lector de dicha versión mecanografiada para Chuño, quien lo escribía trabajosamente en una computadora personal. El resto miraba sin entender. Completado el largo y trabajoso proceso –martes a primera hora de la tarde- llamaron a un técnico especializado para imprimir el paper, y mandaron al cadete (que era cadete por bruto, que joder) a pasarlo por fax a la NASA. Aunque se quedaron todos sentados frente a la máquina de fax, realizando apuestas de muchos duros sobre el momento en que el papel comenzaría a salir del equipo, la NASA les contestó por email, explicando que el principal problema para los trenes bala son las aves, tal como ocurre en los aeropuertos con las que son “chupadas” por las turbinas de los aviones. Eso era lo único que podía destruir al tren bala. Les proponían entonces construir un cañon –del que enviaban todas sus especificaciones- y con dicho cañon lanzar un pollo directamente contra la cabina del tren, cuando el mismo viniera lanzado a su máxima velocidad y estuviera a una distancia exacta de un kilómetro. La prueba se realizó el miércoles, a la madrugada y en ayunas, mientras los represores franquistas jubilados molían a palos a la población, que a ésta altura ya estaba francamente curiosa por saber que eran esas sábanas que se movían a tanta velocidad por el medio de las montañas gallegas. Para mantener el secreto, quienes viajaban en el tren habían sido engañados diciéndoles que en realidad era un tren-bala japonés, y que el mismo Emperador Hirohito había pedido que fuese trasladado y probado en España, como condición para el ingreso del país ibérico al Eje que el ponja integraba con Hitler y Mussolini. Con el tren lanzado a 987,5 kilómetros por hora, y a la distancia exacta de un kilómetro, Manolo mismo fue el encargado de disparar el pollo contra el tren. Siendo optimistas, podemos decir que los resultados fueron catastróficos. Del primer vagón murieron los maquinistas, el fogonero y todos sus ocupantes, incluyendo la Junta casi completa, sus familiares, allegados y simpatizantes. También algunos entrometidos que se metieron en ese primer vagón por debajo de las sábanas. No quedó rastro alguno de vida humana. En el segundo vagón, donde viajaban los ciudadanos engañados por el artilugio ya descripto, la mortalidad bajó a solamente el 82 %, a Dios gracias. En el tercero al 71 % y en el cuarto y último a solamente el 63 %. Los heridos, algunos de extrema gravedad y prontos para la extremaución, colmaron los hospitales de Galicia, Madrid, Bariloche y San Martín de los Andes. La mayoría de los que fueron derivados a éstos últimos dos nosocomios murieron antes de llegar. Manolo, único sobreviviente de las autoridades gallegas, por su condición de cañonero y por aquello de que los mejores siempre se van primero, fue investido como presidente, vicepresidente, secretario de actas, auditor y contador de la Junta. Para ganar tiempo, su primera medida fue hacer construir un segundo monolito, en éste caso triangular, a los fines de que la población eventualmente olvidara el incidente del tren bala. La segunda fue enviar un mail a la NASA –a través de un ingeniero alemán oriundo de la Selva Negra, justamente especializado en enviar emails- explicando todo lo que se había hecho y requiriendo una explicación racional a la tragedia. Salió el recién el jueves a la tarde porque no encontraban una computadora. Y cuando la encontraron tardaron en reconocerla como tal. El jueves no hubo respuesta y el viernes tampoco. El domingo era la inauguración del tren bala, que ya no era una sorpresa para nadie, porque con el impacto del cañonazo se habían volado las sábanas y el primer tren bala perfectamente cuadrado de la historia quedaba a la vista de todos. El sábado a última hora, cuando Manolo se había arrancado todos sus pelos y comido uñas de manos y pies, llegó finalmente el mail de respuesta de la NASA. Lo primero que lo sorprendió era que tenía solamente cinco palabras. Manolo pensó, “joder con los gringos, nos meten en este despiporre y después te contestan sin ganas…” Se pudo las gafas para ver de cerca y el texto lo sorprendió aún más, haciéndole pensar –al mismísimo Manolo- que tal vez fueran vanos todos los esfuerzos pasados, presentes y futuros de Galicia por mostrarse inteligente y desarrollada ante el mundo. Porque el email de la NASA decía solamente “tienen que descongelar el pollo…” Jorge Bertezzolo. Empresario argentino y escritor por pasión |