Muchas veces dijimos que el lugar en donde mayor cantidad de ideas se encuentran, es el cementerio, ya que cada uno de los que vamos allí, nos llevamos con nosotros varias.

Hay una realidad muy triste, y es que muchas ideas mueren sin llevarse a la práctica, muchas mueren sin tomar forma, y lo peor es que muchas mueren sin siquiera ser tenidas en cuenta por quien es su generador.

Hay muchos pasos que cumplir antes de erradicar una idea de nuestras cabezas, que generalmente suelen ser evitados tras el motivo “Es una estupidez”. Ese simple motivo, ha hecho a lo largo del tiempo, que ideas que podrían haber sido, no fueran; y que simplemente se frustraran y desaparecieran.

Imaginen si el creador de Internet hubiera pensado que convertir algo a código binario, lograr que “vuele por los aires” para llegar a reescribirse en una computadora a miles de kilómetros de distancia, era “una estupidez”. Probablemente Internet como la conocemos, el chat, las videoconferencias, los sitios de descarga, facebook, y los millones de derivaciones que vinieron luego, nunca hubiera existido.

Es por eso, que antes de catalogar a una idea de tal forma que nos lleve a descartarla, deberíamos darle una oportunidad.

Cómo?

Dejarla volar.

Quizás al tener una idea es necesario que la dejemos ir por las ramas, que nuestra cabeza vaya hacia donde quiera y la lleve con ella, haciendo que toque el cielo y adquiriendo características y condiciones extraordinarias.

Esa parte es fundamental, ya que cuando la mente vuela libremente adquiere una capacidad tremenda de asociaciones y derivaciones que no se nos ocurrirían al novel consciente

Acotarle su campo de vuelo

La idea voló, se fue, dio vueltas, volvió a pasar, y se trepó en cuanta rama se le cruzó. Ahora es momento de comenzar a encasillarla dentro de algunos parámetros que nos ayuden a encaminar su desarrollo.

Si bien el proceso creativo no tiene reglas, éstas deben aparecer al momento de intentar darle forma para la posterior implementación.

Aquí aparecerán consideraciones sobre la determinación del alcance que le queremos dar, o qué clase de público podría ser el demandante de lo que queremos desarrollar, o si realmente estamos atendiendo al motivo que la originó, o nos fuimos demasiado por las ramas.

Es el momento de determinar qué queremos lograr con esta idea, y comenzar a encaminarla hacia ese lugar.

Moldear la masilla.

La imagen de la película es ineludible.

Llegado este punto tendremos un problema, una alternativa para resolverlo, mil características de esa alternativa, y un listado de esas características, pero ya depurado.

Con todo eso, es hora de armar un proyecto, en el que específicamente se vayan asociando las características, las formas de implementación, los recursos necesarios (y las fuentes que los proveerán), el real alcance del proyecto, la conveniencia de hacerlo de una u otra forma, etc.

Someterla a un paredón de fusilamiento.

Llegará el momento en que aquella idea, surgida de un momento de reflexión sobre un asunto que nos atañe, al que oportunamente llamamos “problema”, se haya convertido en un hermoso proyecto de negocio.

Es el momento de destruirlo.

Ustedes pensarán, “¿por qué voy a querer romper algo que me ha llevado mucho tiempo armar?” Simple: para ver si se puede.

Aquí entran a jugar la mayor cantidad de “Abogados del diablo” que puedan encontrar. Hermanos, primos, especialistas, analistas, padres, hijos, pareja, profesores, vecinos… quien sea!!!

La idea es encontrar especialistas en buscarle “la quinta pata al gato” porque en este punto necesitamos que nos digan que todo está mal, que la idea no sirve, y que nuestro proyecto tiene deficiencias por todos lados.

Para esta etapa, es fundamental rodearnos de gente que destruya nuestro proyecto, pero que a su vez nos empuje a mejorarlo.

Remodelación.

Si la idea, pasada a proyecto, sigue con vida después del fusilamiento tiene enormes posibilidades de convertirse definitivamente en un proyecto de negocios “implementable”.

Solo queda una última etapa en la que se ajusten los defectos reales que se hayan identificado en la etapa anterior, y se establezcan los parámetros de implementación para no caer en una vorágine que nos haga perder el rumbo.

Implementación.

Todo el trabajo anterior fue en vano, si llegado este punto no nos animamos a implementar lo planeado.

Ideas tiene cualquiera; plan de negocios, solamente algunos; éxito, unos pocos.

La diferencia entre un creador, y un emprendedor, es que el segundo encara lo que imagina y lo lleva a la práctica; mientras que el primero solamente queda como un soñador, y generalmente atribuye su falta de concreción a factores externos.

Al fin y al cabo, toda idea es un potencial plan de negocios que no atraviesa las etapas necesarias para convertirse en realidad. El tema es que atravesar todas las etapas puede llevar años, hasta adquirir la consistencia necesaria e ir moldeándose de acuerdo a la capacidad que vayamos teniendo en cada momento de nuestras vidas.

Autor: Lic. Jorge Asad Elías. Licenciado en Administración de Empresas, recibido en la Universidad Nacional de Tucumán. Actual Gerente comercial del Canal Mayorista de Emilio Luque (Tucumán). Creador del sitio www.ideasygestion.wordpress.com